El Salón de Lectura, como lo sabe todo el mundo, es la institución, en su tipo y características, más antigua de Venezuela. Fue fundado en 1907. Cuando comenzaba, como quien dice, a gatear nuestro siglo. La idea primordial de su establecimiento se la debemos, sin posibilidad de duda, al merideño José Antonio Guerrero Lozada. La idea cuajó, tomó cuerpo de verdad tangible, y un día hubo la primera directiva. La presidió, con su capacidad y su prestancia, el Doctor Abel Santos. El Salón de Lectura echó, así, a andar. Como verdadero ateneo. Como la casa central de la cultura de todo el Táchira. Como el corazón espiritual, si así puede decirse, de nuestra tierra.

Ahora bien. El Salón de Lectura comenzó por aquí; se mudó para más allá, se vino para más acá. La primera etapa de funcionamiento resultó un tanto errante. Era lo lógico: carecía de casa propia. Y careció de ésta hasta que el Benemérito General Presidente Juan Vicente Gómez, siempre providente, decretó la construcción del local que le conocemos. Este edificio, repetimos, fue ordenado por el General Gómez, pero fue inaugurado por su sucesor, el General Presidente Eleazar López Contreras. El sitio del edificio fue magníficamente escogido: está en el mero centro de San Cristóbal como es frente a la Plaza Bolívar. Y fue magníficamente diseñado también. Parece resumir, desde el punto de vista arquitectónico, nuestras más entrañables tradiciones. ¿Que más podía pedir, pues el Ateneo del Táchira, como también lo llamamos?

Hasta aquí todo ha venido bien. No lo dudemos. Sólo que, como es natural, la ciudad que el Salón de Lectura ha centrado culturalmente le ha ido quedando a la institución, poco a poco, grande. Esta es la verdad. Todos lo estamos comprobando todos los días. San Cristóbal, de 1935, año de inauguración del edificio, a 1960, se sentía holgada en el Salón de Lectura. Hoy, sea en el auditorio, sea en la galería, sea en los pasillos, sea en la biblioteca, sea en la hemeroteca, lo ha desbordado por completo. Para que la meritísima institución satisficiera los requerimientos actuales de la colectividad, habría que ampliarle el edificio en cuatro veces, por lo menos, su dimensión presente. El problema como se ve, desborda las posibilidades propias de que dispone la institución.

El precisado es, hasta cierto punto, el problema del local. ¿Cómo solucionarlo? Dejamos la respuesta para venidero cartel. Lo que queremos, de momento, es señalarles a todos el hecho de que el Salón de Lectura, en cuanto que entidad central de nuestra cultura, tiene sus bienquerientes y sus malquerientes. Uno de sus afanes, justamente, consiste en tratar, todos los santos días, como dicen las señoras devotas, de que los unos equilibren los otros. O, de que los segundos no desborden los primeros. Es una tarea un tanto sorda, pero cotidiana, que suele, muchas veces, obstaculizar la tarea fundamental del instituto, como es la de la cultura propiamente tal.

¿Qué hacen, pongamos por caso, los mencionados malquerientes del Ateneo del Táchira? Desbarrar contra la institución. La acusan de que no trabaja todo lo que debe; de que no realiza su verdadero objetivo; de que malbarata el presupuesto en actividades accesorias; de que se salta como quien no quiere la cosa, los estatutos vigentes; de que algunos de sus empleados como la Secretaria Ejecutiva, tienen más poder, que la directiva. (Es necesario decir entre paréntesis que algunos de tales malquerientes han merecido expulsión, debido a conducta absolutamente negativa, por parte del Ateneo del Táchira). Toda esta situación se debe a hecho elemental: una cosa es ver, por dentro, las posibilidades del Salón de Lectura, y otra cosa muy distinta es verlo por fuera en las mismas posibilidades. Estas constituyen, aunque lo ignore mucha gente, la mayor crisis que ha vivido, en sus ochenta y tres años de existencia, la institución.

El Salón de Lectura, para poner el dedo certeramente en la llaga de su situación actual, necesita ya que se nos escapó la palabreja, una sola cosa salvadora: actualización. Esta actualización a nuestro juicio debe estar configurada por los siguientes elementos:

I.- La reparación del edificio.

II.- La ampliación del edificio respecto del Auditorio, de la Biblioteca, de la Hemeroteca, de la Galería de Arte, de la Secretaría, etc.

III.- La dotación oficial de un presupuesto adecuado, sea proveniente de la Gobernación del Estado, sea proveniente del Ministerio dé la Cultura, ya que ésta, la cultura, tiene que formar parte central de todo programa de gobierno.

Más claro no canta el gallo. El Salón de Lectura es la institución cultural más entrañable de todo el Táchira, y hasta de toda Venezuela. Pero, debido a las razones que dejamos resumidas, no ha podido ir creciendo al mismo ritmo de San Cristóbal, Nuestra muy bella capital ha entrado, en punto a dimensiones y población, en mayoridad, y el por tantos motivos famoso Ateneo del Táchira se nos ha quedado retrasado. Hay, pues, y en forma perentoria, que ponerlo al día. Pero, ¿quién le pone el cascabel a semejante gato institucional?. Esta segunda respuesta posible la aplazamos, como la otra, para cartel futuro. Y, como dicen nuestros flamantes oradores sagrados y profanos: hemos dicho.